18/08/2009
Una dura condena da esperanzas a los afectados por el amianto

Es una enfermedad silenciosa. Se toma su tiempo, entre 10 y 40 años para
manifestarse. Cuando lo hace, la vida de los afectados cambia: sus pulmones, su
pleura o su laringe no dejan que la rutina perviva. El polvo de amianto se coló
en las vías respiratorias de miles de trabajadores de la construcción de buques,
la edificación, la fabricación de pastillas de freno, el mantenimiento y flete
de trenes o el asfaltado en España. Sólo Unión Naval de Valencia ha sido
condenada por la vía penal por no proteger a 71 víctimas y acepta pagarles 11
millones de euros. Los afectados piden ayuda al Estado.
Las víctimas
hablan de "abandono" frente a una "condena a muerte"
Muchos trabajadores han
fallecido sin que se relacionara su muerte con su ocupación. Otros, no conocen
aún que pueden estar afectados. Los que sí lo saben, reclaman al Estado un fondo
que, de forma automática, contemple ayudas, porque la enfermedad es consecuencia
directa de una exposición laboral. El Gobierno dice entender la reclamación de
los afectados pero no puede dar respuesta sobre el fondo por falta de
recursos.
Las asociaciones de afectados calculan que puede haber 50.000
enfermos. Ya hace varios años, CC OO alertó de que en dos décadas podrían ser
60.000. Unión Naval de Levante, ahora Unión Naval de Valencia, ha admitido un
delito contra la seguridad de los trabajadores, 20 faltas de muertes imprudentes
y 51 de lesiones imprudentes. Cuatro directivos aceptaron el 24 de julio 14
meses de cárcel y multas millonarias. La empresa, indemnizará con más de 11
millones de euros a los 71 afectados (entre 110.000 y 250.000 euros a cada uno)
y ayudará a protegerles en la evolución de su enfermedad. También a los que
puedan estarlo en adelante. La conformidad alcanzada será sentencia en
septiembre.
Esa es, según el abogado de varios afectados de Valencia,
Andrés Sanfeliu, y el fiscal delegado de Riesgos Laborales en Valencia, Jaime
Gil, la primera condena penal. Gil cree que "la enfermedad laboral es una
siniestralidad dormida". Para él, los registros no son reales: "Entre 2000 y
2004, no aparecía ni una muerte por enfermedad laboral. Y en 2005, tres. Ahora,
se recogen 3.600 por deficiencias cardiovasculares y 1.300 de origen
respiratorio. Pero varios estudios señalan que al menos 9.400 muertes al año son
por actividad laboral". Cree fundamental para el éxito del acuerdo de Valencia
la actitud de la empresa, que sabe que "rompió la cadena de vigilancia de
protección de la salud de los trabajadores".
Otros no han logrado ese
resultado. Un total de 29 enfermos y ocho fallecidos que trabajaron en Alicante,
en Fibrocementos, que pertenecía a Uralita, perdieron en 2006. Tras siete años
de instrucción, la empresa fue absuelta. "Sabían que nos jugábamos la salud
trabajando con amianto y lo consintieron", se cansa de repetir Francisco
Martínez, presidente de la asociación de afectados de San Vicent del Raspeig,
Alicante.
Para Juan Carlos Paúl, de la asociación de Madrid, la situación
es "desesperante". "Perdemos la mayoría de juicios laborales, otros se resuelven
cuando el obrero ha fallecido", dice. Paúl cree que la cifra es imprevisible,
pero "muy alta" y que es "urgente la creación de un fondo".
Según él, fue
la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, quien
presentó en el Congreso, a finales de la segunda legislatura de José María
Aznar, una proposición no de ley que no pudo debatirse. Con el Gobierno de
Zapatero, lo hizo el Bloque Nacionalista Gallego (BNG), pero tampoco prosperó. Y
ante un escenario, describe, "en el que miles de trabajadores van a estar
enfermos, porque hace 10 años, un estudio cifró en 1.200 sólo los de Ferrol",
exige atención. El uso de amianto se prohibió en España en 2002, y ya desde los
primeros noventa se trató de controlar su uso. Una década antes (1982-1984)
existía un protocolo que muchas empresas no aplicaron.
Rafael Cremades,
presidente de la Asociación de Valencia, denuncia la falta de un censo fiable,
exige ayuda al Gobierno, y recuerda que los trabajadores no tenían "ni taquilla
doble para no mezclar la ropa". "Nos la llevábamos a casa", cuenta. Lo peor,
dice, ha sido "la soledad ante una enfermedad que es una condena a muerte".
Fuente: El País